La vida cristiana es mucho más q no tomar, no fumar y no bailar. La vida cristiana
va mucho más allá d huir del pecado e ir a la iglesia los domingos. Cristo no murió
en la cruz para tener a un montón de gente sentada en una banca con cara de
pocos amigos criticando a todo el que entra en la iglesia por su forma de vestir, de
hablar o de conducirse.
El cristianismo no se basa en manifestaciones aisladas y esporádicas de parte
de Dios en la vida de alguien, ni en la manifestación externa de emociones
influenciadas por la música, el ambiente o el predicador.
El verdadero creyente no tiene por qué quedarse en la cruz llorando al Cristo
muerto, lamentándose porque no puede vencer tal o cual cosa. El creyente
genuino no vive del pasado ni en el pasado; no vive frustrado y amargado porque
Dios no ha tenido a bien concederle cada capricho que ha tenido los últimos
20 años que ha asistido a la iglesia fielmente cada domingo y se ha sentado
religiosamente en la misma banca.
El creyente genuino está centrado en una vida de adoración, no de emoción. Pese
a los altibajos que pueda tener en su vida de fe, un cristiano real, vive de tal forma
que busca agradar a Dios no sólo con lo que NO hace, sino con lo que piensa,
dice y hace. El creyente genuino busca agradar a Dios no porque tenga temor de
perder su salvación, sino porque ama a Dios mucho más de lo que le teme a su
ira.
La iglesia definitivamente necesita una reforma. Una reforma en la que deje de
medirse al creyente por la cantidad de veces que asiste a un templo o por la
cantidad de dones que manifiesta. ¿De qué sirven los dones si no son usados
en beneficio de aquéllos que no los poseen? ¿Para qué los dones si no van
acompañados del fruto del Espíritu que es el carácter de Cristo en el creyente?
Don contra fruto. Carisma contra carácter.
No menosprecio los dones, por el contrario, sé que son inmensamente necesarios
para testimonio y confirmación del poder y la gracia de Dios, pero ¿cuántas almas
se han perdido por culpa de quienes teniendo dones muestran toda la inmundicia
de la que es capaz el hombre?
La iglesia ciertamente está dotada de dones y talentos. El problema no es que no
los haya, sino que falta el fruto del Espíritu. El problema es que de toda esa gente
que abunda en dones, son escasos los que son lo suficientemente cristianos como
para comprometerse con Dios y llevar una vida de integridad en vez de una vida
de apariencias, una vida de servicio en vez de una vida de egoísmo, una vida de
adoración en vez una vida de altivez.
¿Cuántos de nosotros buscamos el rostro de Dios en vez de buscar su mano
poderosa? ¿Cuántos de nosotros estamos realmente dispuestos a dejar de buscar
una manifestación sobrenatural que impacte a otros hasta que tengamos la
presencia de Dios que impacte nuestro propio corazón? ¿Hasta cuándo dejaremos
de buscar las manifestaciones de Dios y comenzaremos a buscar al Dios de las
manifestaciones? ¿Hasta cuándo dejaremos de confundir la alabanza con la
música y la adoración con una emoción?
Me duele el corazón de pensar en todo esto. Lo peor no es mi descubrimiento
del “hilo negro” sino el darme cuenta de que yo misma estoy dentro de esta
clasificación. Yo misma soy una pobre imitadora de la verdadera cristiana que
debería ser. Yo misma soy parte de los que abundan en dones pero están faltos
de fruto y de carácter. Yo misma soy una copia barata de lo que Dios demanda
de mí. Hoy entiendo la desesperación de Pablo cuando se preguntaba quién lo
libraría de ese cuerpo de muerte. Y hoy entiendo su insistencia en demostrar que
nuestro libre acceso a Dios no puede ser obtenido por obras humanas, sino por la
imputación de la justicia que Dios nos otorga por gracia…
Sí, definitivamente la iglesia necesita una reforma. Una reforma teológica y
moral. Una reforma en la que por lo menos intentemos ser lo que Dios dice que
somos, y por lo que Cristo derramó cada gota de su sangre. Una reforma en la
que salgamos de nuestros moldes y dejemos de hacer de Dios un mero objeto de
estudio, y lo convirtamos en lo que es: El único Rey y Señor, que no quiere ser
estudiado, sino conocido por el hombre…
Maria Luisa Marquez Loo